Vitrales habaneros: el arte, los colores y la luz
Vitrales habaneros: el arte, los colores y la luz
Vitrales habaneros: el arte, los colores y la luz
Vitrales habaneros: el arte, los colores y la luz
Vitrales habaneros: el arte, los colores y la luz
Vitrales habaneros: el arte, los colores y la luz

La Habana, próxima ya a sus 500 años de existencia, resalta por las luces y contrastes que personalizan todos sus espacios citadinos. El trópico está presente en la ciudad con ese sol fuerte que en el verano llega a caer desde el cenit, como látigo de luz y calor, pero que entre las primeras horas del amanecer y las últimas de la tarde, durante cualquier día del año, establece un diálogo poético, con los cristales policromados que coronan los medio puntos coloniales o revelan historias de fe, románticas y de caballería, al trasluz de los ventanales de las iglesias y viejos palacios aristocráticos.

El vitral, que tuvo su auge en la arquitectura gótica europea, desde el temprano siglo XIII; conquista a La Habana, con el auge de la arquitectura palaciega como resultado de la prosperidad económica creciente en el siglo XVIII y el arribo al país de numerosos carpinteros destinados a la construcción de las techumbres de madera y los grandes buques de guerra y transporte en los astilleros del Arsenal de La Habana.

Así, la técnica empleada para cerrar con cristales y marcos de madera los ventanales de popa de los galeones, se traspoló a llenar el espacio que dejaban los arcos sobre puertas y ventanas de las mansiones coloniales, donde las hábiles manos de los carpinteros crearon abanicos de luz, rojo, ámbar y azul, que dio realce y alegría al espacio y ambiente interior de las edificaciones.

El arte sacro, que consolidó las técnicas del vitral en Europa, también tuvo una notable expresión en las iglesias habaneras, en la medida en que sus macizos muros y paredes de piedra conchífera fueron aligerados por otros materiales constructivos, donde quedaron grandes espacios a llenar con historias de cristal emplomado. De esta manera los pasajes bíblicos, la santidad de los mártires cristianos, santos y vírgenes, son contados a color por la luz a través del cristal.

Resaltan por su extraordinaria belleza los 139 vitrales de la iglesia neogótica de la Calle Reina, por sólo mencionar uno de los ejemplos más significativos y bellos en La Habana.

Entre mediados del siglo XIX y la primera mitad del XX, la importación de vitrales elaborados primorosamente por famosos talleres europeos, principalmente de España, cobra auge, favorecida por la intención de la burguesía criolla de ponerse a tono con las tendencias de los más relevantes centros urbanos ilustrados del Viejo Mundo.

Así nos llegan hermosos exponentes de cristalería pintada con escenas de caballería inspirados en el Quijote de Cervantes, castillos y torneos medievales; románticos motivos florales, paisajes bucólicos y vitrales de temas religiosos. Las escalinatas y espaciosos salones de las mansiones palaciegas, de verían coronadas y ambientados por estas obras de arte de exquisita manufactura.

En la arquitectura funeraria del Cementerio de Colón de La Habana, el vitral también expresa la vocación católica y cristiana, desde los ventanales y claraboyas de muchas de las capillas y panteones, erigidos por las familias pudientes para el postrer descanso, donde la Piedad de María y la Resurrección de Cristo se expresan de maneras diversas como tema recurrente.

Los cambios de los paradigmas arquitectónicos con la introducción del modernismo, hacia la década del cincuenta del siglo XX, hizo que el vitral viniera a menos y casi desapareciera de las edificaciones de esa época.

Sin embargo, ya a partir de la década del setenta, artistas de renombre como René Portocarrero y Amelia Peláez, llevan su inspiración hacia el vitral que aparece de manera constante en sus obras.

Una política dirigida al rescate de las tradiciones de la arquitectura cubana favorecen también la incorporación de vitrales y medio puntos como elementos ornamentales en edificios públicos, casas de vivienda y la construcción de los nuevos hoteles, donde los vitrales embellecen las áreas de estar y restaurantes.

Destacados artesanos como la cubana Rosa María de la Terga, patrocinan proyectos y talleres, donde contribuyen a la preparación de los jóvenes en los secretos de la confección del vitral, y elaboran obras que se distinguen por sus dimensiones y gran calidad.

Con los auspicios de la Oficina del Historiador de la Ciudad, el vitral es incorporado también a los proyectos de restauración de las edificaciones del Centro Histórico y prevalece como un patrimonio invaluable de la arquitectura vernácula que hay que proteger y conservar.

Texto y fotos: Rolando Pujol