Tres días en La Habana
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Tres días en La Habana

La Habana invita a recorrer sus calles, indagar en su historia, apreciar sus colores y sabores; a sentir el inigualable aroma del mar y enamorarse de la ciudad. Si solo cuenta con tres días para descubrirla, las opciones son muchas y no habrá tiempo para el descanso.

El Centro Histórico es visita obligada para conocer de cerca la historia y el devenir de la villa de San Cristóbal de La Habana, próxima a celebrar 500 años. Eche mano de ropa ligera y de un calzado cómodo y dispóngase a “andar La Habana”, como gusta decir el Historiador de la Ciudad Eusebio Leal.

Las plazas coloniales son un prodigio de singularidad: La Plaza de Armas acoge el Palacio de los Capitanes Generales, donde radica el Museo de la Ciudad que atesora de sala de las banderas, hito de la historia patria; el Palacio del Segundo Cabo, hoy Centro para la Interpretación de las Relaciones Culturales entre Cuba y el viejo continente, el Castillo de la Real Fuerza, y El Templete, pequeño templo grecorromano donde se celebró la primera misa, junto a la ceiba que cada 16 de noviembre es honrada por los pobladores. En el parque que centra la plaza resalta una escultura de Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la Patria. La vegetación y los bancos instan a un descanso para admirar el entorno.

En la Plaza de la Catedral, rodeada de edificios icónicos de la arquitectura colonial, se fusiona la magnificencia eclesial de la construcción barroca con la presencia viva de personajes del folclor afrocubano. Llama la atención de la Plaza de San Francisco el revoleteo de las palomas que la habitan. Muy cerca, hay estudios de artistas, esculturas como la del Caballero de París –legendario personaje andariego del pasado siglo–, una sala de conciertos y otra de exposiciones en el antiguo convento de San Francisco de Asís, y mil detalles que se descubren en el apasionante deambular bajo el sol restallante.

Para terminar el recorrido se puede llegar a la Plaza Vieja, y conocer nuevos museos, un mirador a la Bahía y el Puerto desde la Cámara Oscura, el Centro de Artes Visuales, y la Fototeca de Cuba. Entre tanto, vale la pena saborear una jarra helada de la cervecería artesanal, o un café expreso en El Escorial, curiosear por las boutiques, o subir a alguno de los bares para refrescar el calor del trópico.

Si le toma el horario de almuerzo por ese entorno, qué mejor sitio que La Bodeguita del Medio para descubrir la sazón de la cocina más tradicional cubana, degustar el emblemático mojito y dejar su nombre en alguna de las paredes junto a las huellas de la vieja bohemia. La Casa del Chocolate, a pocas cuadras, es un espacio atractivo para probar la bebida de los aztecas y, de paso, llevarse de vuelta un regalo para amigos amantes de este delicioso afrodisíaco.

Andando La Habana por el bulevar de la calle Obispo, una de las más populosas de la urbe, se pueden visitar librerías, conocer la idiosincrasia del cubano, sus costumbres, y escuchar el canto de los pregoneros entre las sábanas colgando de los balcones. En alguna bocacalle pueden sonar los tambores de alguna ceremonia de santería, o la rumba en el patio de un solar, ambos con las puertas abiertas para cualquier paseante.

Si se sube hasta Monserrate nos sorprende el anuncio de El Floridita, “la cuna del daiquirí”, el bar desde donde Hemingway inmortalizara ese trago cubanísimo y refrescante. Junto a la barra, seducen las historias del gran escritor, y un camino posible es seguir su saga: tomar un taxi hasta la Finca Vigía en San Francisco de Paula, donde viviera el Premio Nobel la mayor parte de sus años en Cuba, o trasladarse hasta Cojímar, el pueblito marinero donde imaginara su novela El viejo y el mar.

Si prefiere quedarse en la zona antigua, el Museo Nacional de Bellas Artes le abre sus puertas. La más completa colección de arte cubano es una manera otra de viajar por la historia de la Isla, y el edificio de arte universal le descubre valiosas piezas de arte egipcio, salas de artes europeo y latinoamericano.

Para quienes gustan de indagar en los orígenes, un recorrido por la historia puede encontrarse entre los gruesos muros de las fortalezas militares del Morro y la Cabaña, a las cuales se puede llegar cruzando el túnel de la Bahía o en un pintoresco viaje en lancha desde el Muelle de Luz. Cada noche, la Ceremonia del Cañonazo revive una vieja tradición colonial, justo a las 9, cuando se cerraban las murallas de la ciudad. Casi una hora antes el recorrido de la guardia con soldados uniformados a la usanza de la época recibe a los visitantes y, siempre a su hora, el sonido del cañonazo recuerda a los habitantes de la ciudad un instante remoto. Muy cerca de allí está el Cristo de La Habana, escultura de Gilma Madera, desde cuya base se aprecia de cerca la dimensión monumental de esta obra y una vista privilegiada del litoral habanero.

Hay viajeros que persiguen la buena música y hay mucho donde escoger. Para bailar salsa –o casino, como suele llamarse en Cuba–, las Casas de la Música pueden ser una atractiva elección, a menudo con orquestas en vivo. Si prefieren escuchar boleros, no hay mejor sitio que Dos Gardenias, en la zona residencial de Miramar, con los mejores exponentes del género. Hay espacio para el jazz en La Zorra y el Cuervo, en el corazón de La Rampa, y para el filin, a pocos metros, en El Gato Tuerto. Y si quiere rodar la noche de bar en bar, haga su ruta por Mío y Tuyo, King Bar, Shangri La y Encuentro.

Un lugar para trasnochar en el Cabaret Tropicana, el “paraíso bajo las estrellas”, como se le conoce. Fundado en 1939 y famoso mundialmente por los glamorosos shows de Rodney, mantiene la elegancia con sus despampanantes bailarinas, vocalistas y acróbatas. Algunos le reconocen como el sumun del vintage y otros como reino kitsch; de cualquier forma es sitio obligado. Para gustos más “in”, la mejor opción es caer por la Fábrica de Arte Cubano, sitio de reunión de artistas y fans, muy cerca del romántico Puente de Hierro desde el que se avista la desembocadura del río Almendares. En la F.A.C. confluyen todas las artes y sus expresiones más novedosas en materia de fotografía, producción musical o teatro, y a cada paso hay sorprendentes rincones para compartir un trago, tapas o una cena gourmet en Tierra, o justo al lado en El Cocinero, al pie de una vieja torre de ladrillos.

La Habana ofrece también el mejor tabaco del mundo en las Casas del Habano; variedades de licores en el Museo del Ron, con una de las tiendas mejor surtidas de la marca Havana Club y donde puede conocer acerca de la historia de la fabricación de esa bebida espirituosa. Para quienes gustan de llevarse una muestra de la artesanía local, nada mejor que recorrer los puestos del Mercado de San José, variados en tejidos, bisutería y otras curiosidades. Caminando en esa dirección o de regreso, es muy placentero el paseo por la Alameda de Paula y tomarse una foto en el muelle flotante de la Avenida del Puerto.

Un parte de la capital cubana mira al mar y sus habitantes la frecuentan como ninguna. El Malecón habanero es un espacio mágico que une el mar con la tierra firme, un sofá de piedra de ocho kilómetros de largo. A cualquier hora zona de pesca, de día pista de deportes y en la noche espacio de tertulias y descargas musicales, reunión de familias que respiran a pleno pulmón la brisa costera, y de amantes furtivos que se arrullan bajo la luna. Pasear por él es disfrutar de la arquitectura y de los misterios de la noche cubana.

El Malecón es también la vía para acceder cualquier mañana a la fastuosa 5ta. Avenida, rodar unos cuantos kilómetros hasta el poblado de Jaimanitas y dejarse deslumbrar por “Fusterlandia”, la barriada que el artista José Fuster intervino con sus fabulosas formas en colorida cerámica para darle una connotación diferente a la vida de sus pobladores. Lo mejor es tomar un viejo auto descapotable y recrearse con el paisaje.

Para los amantes del mar y los deportes náuticos, más adelante está la Marina Hemingway, atracadero de yates y espacio de recreación. Y justo en dirección contraria, hacia el este de la ciudad, a veinte minutos, las aguas cálidas de Santa María del Mar incitan a nadar o a tenderse al sol, en convivio con cientos de cubanos que llegan a refrescar y escapar del sopor del Trópico.

La Habana es infinita, cálida y acogedora. Tres días no bastan para abarcar su cultura, su historia y su ambiente sin igual, pero son suficientes para seducirle con su embrujo, y no podrá dejarla sino con un “Hasta pronto”.

Por: Dianik Flores Martínez