Durante los seis meses en que la pandemia de COVID-19 ha azolado a la humanidad, se ha hecho evidente que algunas personas tienen mucha dificultad para apreciar justamente el peligro que significa, a pesar de que no hay mejor argumento que las más de 687 mil muertes que ha provocado esta terrible enfermedad en el mundo entero.

La percepción de riesgo es un proceso que determina las acciones de los seres humanos, en el cual intervienen de manera decisiva la información, los conocimientos, las prioridades y las experiencias de vida de cada cual.

En la mayoría de los países se hacen ingentes esfuerzos por mantener a la población informada de la situación epidemiológica y de la necesidad de elevar la percepción de riesgo que constituye el primer paso subjetivo del proceso salud-enfermedad, mantiene alerta el sistema psicológico y moviliza una respuesta preventiva frente a la amenaza.

Sin embargo, no basta con trasladar a todos a través de los medios de comunicación los aterradores datos, y alertar sobre el riesgo de que esta enfermedad se manifiesta de manera asintomática en un alto por ciento de pacientes, porque cada persona reacciona ante la información de diferentes maneras y esto quizás explica un poco cómo algunos no toman conciencia ni ante las más pavorosas realidades. 

La psicología explica este proceso, al determinar los pensamientos que caracterizan cada una de las reacciones mentales de los seres humanos: pensamientos amortiguadores, que son los que minimizan el riesgo; pensamientos mágicos, aquellos que carecen de coherencia lógica, y pensamientos de control ajeno, cuando el contagio o cura de la enfermedad se deposita en factores externos u otras personas.

Estas ideas impiden, por una parte, interpretar los datos de las contaminaciones que demuestran que nadie es invulnerable, y a la par, la correcta comprensión del perjuicio que causa la contingencia, no solo porque es un coronavirus de alta letalidad, ya que cerca de 7 pacientes cada 100 mueren en el mundo, sino además, pues, aunque las consecuencias no sean mortales, la epidemia significa un serio trastorno a la salud y al funcionamiento familiar.

Lamentablemente, muchos individuos que adoptan actitudes inconscientes, emanadas de estas apreciaciones descritas, y que no se encuentran suficientemente activados desde el punto de vista mental, solo evalúan en su real medida el peligro cuando la enfermedad lo ataca y algún familiar o amigo cercano enferma y muere.

Por eso es tan importante no dejarse llevar por un optimismo desmesurado y valorar adecuadamente la situación epidemiológica para poder adoptar comportamientos efectivos en el contexto de esta crisis sanitaria mundial.

Estos comportamientos pasan por una actuación consciente, cautelosa, disciplinada y responsable que permita el control y transformación de nuestros actos y rutinas, sobre todo, aquellos que propician la trasmisión del SARS-CoV-2, para lograr escindir las cadenas de transmisión.

En algunos países se manifiesta actualmente una propensión al incremento de pacientes diagnosticados; estos rebrotes de la enfermedad atentan contra la recuperación y provocan un retroceso en la misma, por lo que solo la responsabilidad civil y la conciencia ciudadana en el cumplimiento escrupuloso de los planes gubernamentales y sanitarios de enfrentamiento a la pandemia, podrán revertir esta tendencia al crecimiento de la mortal escalada de la COVID-19.

Texto y Fotos: Redacción Bienvenidos