La Habana fue fundada entre 1514 y 1515 en la costa sur de Cuba y después de dos traslados ocupó el sitio actual junto a la bahía, donde se convirtió en el más célebre de los puertos del Nuevo Mundo.

Su tejido urbano se extendió libremente hasta la construcción de la muralla de tierra a partir de 1667, que dio una forma definida a la ciudad con una extensión de 138 hectáreas. Dentro de este contexto, la ciudad se transformó en los siglos XVIII y XIX en uno de los conjuntos edilicios más importantes de América.

Llegó a tener al mediar el siglo XVIII unos cincuenta mil habitantes permanentes o no, y una cifra de viviendas que sobrepasaba las tres mil. Hasta bien entrado el siglo siguiente, el recinto encerraba las actividades principales de la vida habanera.

La muralla había definido los espacios principales de la vida urbana: el área interior o casco urbano, y una zona verde exterior inmediata, el área donde se localizaba el Paseo del Prado y otras instalaciones recreativas.

Pero la ciudad se encontraba en renovación constante. La demolición de las murallas en 1863 dio inicio a la urbanización y se fue desplazando hacia allí el centro de las actividades sociales, proceso que se extendió hasta el siglo XX.

La Habana Vieja, el antiguo casco urbano de recinto amurallado, no perdió por esto su utilidad debido a la presencia del puerto y los muelles, que le garantizaba un papel para el futuro, y se fue transformando en un espacio preferiblemente dedicado a las actividades comerciales y financieras, sede de bancos y almacenes de importación, mientras que el área antes ocupada por las murallas veía levantarse las más importantes edificaciones civiles.

Al mediar el siglo XVI, La Habana era el más estratégico de los puertos americanos debido a su papel como sitio de reunión de la Flota de Indias. Pero su protección estaba confiada a las condiciones naturales que brindaba su propio emplazamiento.

Después del último ataque corsario en 1555, la corona española desplegó un esfuerzo extraordinario por dotarla de las mejores defensas.

A lo largo de cuatro siglos se establecieron tres sistemas defensivos en la ciudad. El primero estuvo orientado a defender la bahía de los asaltos desde el mar; su realización quedó en manos de la familia Antonelli, ingenieros militares italianos renacentista, y su exponente culminante fue el Castillo del Morro.

El segundo se inició en 1762 después de la ocupación inglesa de la ciudad y tuvo como finalidad la defensa terrestre y neutralizar asedios prolongados; su obra más destacada fue el Castillo de San Carlos de la Cabaña.

Ambos sistemas estuvieron basados en la técnica de la fortificación abaluartada y dejaron poderosos testigos de la misma en torno a la ciudad.

El tercer sistema fue instalado a partir de las guerras de independencia en la segunda mitad del siglo XIX, en momentos en que el desarrollo de la artillería imponía el uso de trincheras y baterías de costa soterradas como el Fuerte No. 1, el mejor ejemplo hoy existente en el litoral al este de la bahía.

La Antigua Villa de San Cristóbal de La Habana y su sistema de fortificaciones fue declarada por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad con la categoría de Sitio Cultural durante la VI reunión del Comité de Patrimonio Mundial, celebrada del 13 al 17 de diciembre de 1982, en París, Francia

Texto: Redacción Bienvenidos