En estos días la presencia del doctor Eusebio Leal Spengler, se hace más viva que nunca pues se le extraña mucho en el contexto de las celebraciones por el aniversario 501 de la otrora Villa de San Cristóbal de La Habana, la ciudad que tanto amó y a la que entregó sin vacilar, su vida.

Son muchos los recuerdos que los cubanos, y esencialmente los habaneros, guardamos de él, ya sea por su imagen en la televisión, como por las tantas veces que nos lo podíamos encontrar andando  el Centro Histórico, con su ropa gris, de trabajo, porque  era ese su andar, el andar laborioso del guardián de las restauraciones.

Son muchas las anécdotas que pasan de boca en boca, que certifican su alta exigencia en aras de que palacios y edificaciones recuperaran todos sus valores, pero también de la alta sensibilidad de este hombre tan amado en su país y en otras muchas latitudes que le reconocieron en vida sus altos méritos humanos y profesionales.

Se le extraña mucho, pero a la vez lo sentimos aquí, porque él es La Habana, esa ciudad que defendió «a capa y espada», como el caballero andante que fue, tanto de palabra como de hechos.

Comenzó a trabajar en el Museo de los Capitales Generales como un empleado del Departamento de Ingresos, pero pronto su aguda inteligencia le hizo ver más allá y justipreciar la labor encomiable de quien con el paso del tiempo fuera su guía espiritual y maestro: el doctor Emilio Roig de Leuchsenring, primer historiador de La Habana.

Al pasar de los años, intervendría de manera directa en la restauración del Museo de los Capitanes Generales; de esa época data la anécdota contada por Lilia Esteban, esposa de Alejo Carpentier, el cual le dijo a ella en una ocasión al ver al joven Leal con una carretilla: «Con esa carretilla llegará lejos», y no se equivocó el Premio Cervantes, asestó en el blanco.

Luego en 1981, por decisión del Gobierno, la Oficina que lideraba asumió el gran desafío de llevar adelante el primer plan de obras de restauración. «Fueron años de intensa labor, de rescate del patrimonio, de devolver a los que nacimos en la isla parte de nuestra identidad», expresó en una ocasión, pero al igual que siempre con la modestia que lo caracterizó cuando hablaba de su obra, pues daba especial importancia al trabajo colectivo.

Leal fue un hombre de gran espiritualidad, sabedor de las esencias de la vida; un gran creador, poseedor de enormes sueños, pero alguien que soñó con los pies en la tierra y sobre todo los hizo realidad; como nadie, contribuyó a enseñar a sus contemporáneos, la utilidad de lo bello y la utilidad de la virtud, de la cual hizo gala.

No se pueden cuantificar los esfuerzos, empeños y sacrificios, que exigió su vasta obra y mucho menos la valentía que necesitó para enfrentar corrientes de pensamiento absolutamente contrarias a su sentir.

Una frase suya resume el concepto que marcó todo su quehacer: «lo que se haga, sea grande o pequeño, que sea bueno», y en su caso hizo lo grande y lo pequeño, lo hizo todo y bueno por la Habana de sus amores.

Texto y Fotos: Redacción Bienvenidos