Palacio Conde de Lombillo
Palacio Conde de Lombillo
Palacio Conde de Lombillo
Palacio Conde de Lombillo
Palacio Conde de Lombillo
Palacio Conde de Lombillo
Palacio Conde de Lombillo
Palacio Conde de Lombillo

Al amparo y sombra de la Catedral de La Habana, se encuentra renovado una vez más, el palacio del Conde de Lombillo. Majestuoso en el amarillo de sus paredes exteriores y sus balcones limeños, blancos y azules. Las rejas simples y elegantes protegen las amplias ventanas, abiertas siempre a la brisa. Construida a inicios del siglo de las luces, para el paso libre del aire y el albor.

El palacio antes de ser propiedad del conde, un grupo pintoresco de personajes coloniales tuvieron la dicha de habitarla. Todos marcados por el sino de la fortuna y la opulencia, al igual que la mansión. Aunque tampoco escapó de la desdicha, pues durante el sitio ingles a la otrora villa, una bomba destruyó el zaguán.

Aunque hoy, trasciende por el nombre de José María Lombillo y Ramírez, hijo de los condes Lombillo, el artífice de toda la vida social del caserón, en el siglo XIX era la condesa, Concepción Montalvo y Pedroso. Heredera de la casona, por cuya iniciativa se convirtió en un hito de la vida habanera de entonces. La señora organizaba tertulias los miércoles en las tardes para escapar del aburrimiento y olvidarse del calor.

En las noches, convocaba a la aristocracia habanera. Eran habituales el capitán General Blanco, el obispo, intelectuales  e ilustres visitantes extranjeros de paso. Cualquier excusa era buena si se trataba de la alegría nocturna, de una fiesta como mandaba la señora, “los miércoles de la tía Pollita”, era el nombre que le daban a aquel evento habanero. Conocido por todos, pero por pocos vividos.

Tal vez el más ilustre personaje que habitó la casa, aunque no durante la colonia fue, Don Emilio Roig de Leuchsering, primer historiador de La Habana, el primero en soñar la ciudad conservada. El célebre caballero allí sentó su templo de pensamiento y acción, pues la sede de tantas fiestas y tertulias fue su oficina desde mediados del siglo XX.

El pequeño patio interior, tesorero de confidencias de las damas de entonces, en sus elegantes vestidos y abanicos inquietos, mantiene aún el pozo centenario, donde tal vez, se recostó suspirando alguna joven herida de dudas de amor. Conserva también, el fresco de entonces, ese, que era refugio placentero en las cálidas tardes del trópico. Más arriba, en la planta superior, los vitrales azules armonizan con el resto del conjunto de la plaza.

Hoy convertido en un museo galería, atrae a todo el que visita la plaza, por el frescor visual del interior, decorado de blanco y azul, para el placer de la vista. Desde cada rincón asoman trazos de sosiego, calma y el alma familiar del palacio, a pesar de su centenaria edad.

Cuando el caminante se acerca desde el corazón de la plaza, por la calle Empedrado, las imponentes columnas dóricas del portal, le reciben. Cada piedra sostiene el alma colonial de la casa. Al atravesar la puerta principal, remontarse siglos atrás en el tiempo es un trabajo simple y agradecido, incluso, si se le permite un desliz a la imaginación, se puede respirar un poco de aire colonial.

Si la serendipia de la vida ha querido que usted este de paso por la ciudad y desea revivir el pasado de la urbe, conocer este Palacio es un buen modo de transportarse hasta los pretéritos años habaneros de la colonia.

Texto y fotos: Bienvenidos