Sábanas blancas en los balcones de La Habana para Eusebio Leal
Sábanas blancas en los balcones de La Habana para Eusebio Leal
Sábanas blancas en los balcones de La Habana para Eusebio Leal
Sábanas blancas en los balcones de La Habana para Eusebio Leal
Sábanas blancas en los balcones de La Habana para Eusebio Leal

El pueblo de Cuba, continúa su silencioso e íntimo homenaje al doctor Eusebio Leal, en momentos en que la notica de su desaparición física todavía provoca mucho impacto y tristeza, y especialmente en La Habana que tanto amó y defendió, desde ayer se colocan sábanas blancas en los balcones como un tributo conmovedor a este gran hombre.

Sin dudas, Eusebio Leal Spengler (La Habana, 11 de septiembre de 1942) fue un iluminado; nació en Cayo Hueso, en una casa de vecindad, su madre era conserje de una escuela pública; antes del triunfo de la Revolución solo había estudiado hasta quinto grado y después del 59 solo hasta sexto grado.

Adquirió conocimientos de manera autodidacta y tuvo la capacidad y el tesón necesarios para presentarse a exámenes de suficiencia académica en la Facultad de Filosofía e Historia de la Universidad de La Habana, que le permitieron ingresar a este centro de altos estudios por Decreto Rectoral para cursar la Licenciatura en Historia en 1974 concluyendo sus estudios en 1979.

Luego recibió un postgrado sobre restauración de Centros Históricos, por beca conferida por el Ministerio de Relaciones Exteriores de la República Italiana; alcanzó un doctorado en Ciencias Históricas, un Máster en Ciencias Arqueológicas y en Estudios sobre América Latina y el Caribe, y fue Director del Programa de Restauración del Patrimonio de la Humanidad.

Decía Leal —jamás tan bien llevado ese apellido— que la perseverancia la heredó de su madre a la que calificaba como una madre romana en ese sentido de estoicismo, y que también le inculcó la virtud, y honradez

Con solo 25 años, asumió la responsabilidad de director del Museo de la Ciudad de La Habana, el legado que le dejara su gran maestro Emilio Roig de Leuchsenring, y en 1981 comenzó a conducir las obras de restauración del Centro Histórico de la capital.

Sus sueños grandiosos de rescatar La Habana, a los que dedicó su aliento durante varias décadas, lo hicieron merecedor del respeto de todos sus contemporáneos en Cuba y en el mundo, los que recordarán por siempre, además, su voz inconfundible, y su verbo apasionado.

Veía a La Habana siempre en múltiples dimensiones; su quehacer, caracterizado por el empeño, la sensibilidad, la sapiencia, y su culto visceral a la memoria histórica de la nación, a sus próceres y mártires, lo convirtió en un alquimista y a sus resultados en magia.

De La Habana, su grande y sana obsesión, dijo un día: «Es una ciudad hermosa, completa; una ciudad que a pesar de estar cubierta a veces por ese velo decadente, por distintas razones, cuando se le toca bien, emerge como la ciudad espléndida que es».

Y en otro momento destacó:

«En La Habana se han volcado todas las escuelas de arquitectura, buscando una solución a lo que nos gusta, a lo que nos llama la atención: gárgolas, atlantes, sirenas, figuras increíbles, pájaros, vitrales, balconaduras, ventanas, un urbanismo tan moderno en el que han intervenido desde los Antonelli hasta Richard Neutra, Forrestier, o los grandes arquitectos contemporáneos cubanos que han dejado una obra tan importante y que debe ser reconocida, quiere decir, a mí no me interesa solo La Habana pretérita, me interesa La Habana hasta las Escuelas de Arte, La Habana hasta lo que ha sido el legado del tiempo que nos tocó vivir, que no pueden ser solamente arrabales, tienen que ser La Habana, la bella Habana».

En una ocasión evocó la inscripción en chino que fue hallada en una teja de una casa en restauración: «La mano ejecuta lo que el corazón manda, y el mandato del corazón ha sido preservar el patrimonio del país, no como la labor de una persona, de ninguna manera, esta persona en última instancia encarna, una voluntad política y un sentimiento popular; es asombroso como llegan los cubanos y te dicen gracias, los niños que piden retratarse, los que asisten a los conciertos….».

El repertorio de sus premios, medallas, órdenes, distinciones y otros reconocimientos; de las prestigiosas instituciones de las que fue miembro, y las tantas universidades que le otorgaron en el mundo el título Honoris Causa, no alcanzan a argumentar su monumental obra humanística ni  el aporte que en lo cultural y espiritual ha legado  a la historia de Cuba.

Los argumentos de la devoción de los habaneros por su Historiador están en su magna faena dedicada a revivir los valores de la ciudad histórica; en los tantos símbolos de cultura y fe restaurados en el Centro Histórico; en la construcción y reconstrucción de escuelas, viviendas, instituciones culturales, entidades de servicio público a la comunidad; en la escuela taller que fundó con 32 jóvenes,  y que hoy forma a  más de 400 y que ya ha graduado a cerca de cinco mil jóvenes que aprendieron allí los imprescindibles  los oficios artesanales de la construcción  cuya tradición se había perdido en Cuba.

Propició el crecimiento espiritual de los pobladores de la Habana Vieja, los que al paso del tiempo lo asumieron como un hombre bueno, que no soportaba la envidia, la ingratitud, la vanidad, la desidia y la chapucería, tanto material como ideológica; al que veían siempre trabajando, caminando muy rápido con su permanente camisa gris y saludando a todos con cordialidad; toda Cuba agradece a este digno hijo de la Patria la consagración de su vida a la cultura nacional.

La Habana ya no será la misma, porque se fue su más grande cuidador, el que invariablemente velaba por su rescate y preservación, y solo resta a los habaneros respetar su voluntad y su amor sempiterno a La Habana, la bella Habana, como la llamaba el eterno Historiador de La Ciudad, para responder a esta, su idea al respecto: «El pueblo de La Habana por generaciones ha construido su ciudad y por tanto descansa en él la posibilidad de conservarla».

«Cuando me preguntan qué pasará después, mañana o pasado, una pregunta que se repite en distintas dimensiones, siempre digo: tener confianza, porque ya Martí lo escribió: “Tengo fe en el mejoramiento humano, en la vida futura, en la utilidad de la virtud y en ti”; en la calle están los arqueólogos, los historiadores del arte, los que van a continuar, están ya», y estas palabras suyas comunican hoy esperanzas en medio del dolor irrevocable.

Texto: Redacción Bienvenidos

Fotos: Fotogramas del Video Clip “Sábanas Blancas” de Gerardo Alfonso