Plaza de la Catedral: habanera, colonial y barroca
Plaza de la Catedral: habanera, colonial y barroca
Plaza de la Catedral: habanera, colonial y barroca
Plaza de la Catedral: habanera, colonial y barroca
Plaza de la Catedral: habanera, colonial y barroca

Visitada, continuamente, por cubanos y turistas de todas las naciones, la hermosa Plaza de la Catedral, con su encanto barroco, continúa siendo un lugar magnífico para comenzar un recorrido por la Vieja Habana. Su fisonomía es de esas que influyen, del modo más a apasionado, en el sincretismo arquitectónico que define a la capital de Cuba.

Recorrerla, a través de sus adoquines de piedra, es una evocación a siglos pasados. Todo en ella encanta y entusiasma. Su génesis fue discreta pues cuando aún La Habana era una pequeña y caprichosa ciudadela amurallada, la hoy famosa Plaza de La Catedral, no era más que una plazuela a la que acudían los pobladores en busca de agua. El siglo XVI la vio nacer, siendo por entonces un espacio pantanoso donde quedaban retenidas las aguas de lluvia, en su recorrido hasta la bahía, por ello su nombre inicial fue Plaza de la Ciénaga.

Pero como todos los sitios destinados a despuntar y asumir un lugar relevante en la vida de una urbe, esta plaza tenía designada su buena ventura. Próxima al mar ―medio imprescindible para el desarrollo de la ciudad― y elegida en principio, por la Orden eclesiástica de los Jesuita para levantar su templo, religión y sociedad hicieron de ella el símbolo que es hoy.

Convertida La Habana en cabecera de Diócesis, la entonces Parroquial Mayor erigida en el siglo XVIII, pasó a servir como Catedral y el espacio que se extendía ante ella, fue bautizado como Plaza de la Catedral, hoy parte importantísima del Centro Histórico de la ciudad, avalado por la UNESCO como patrimonio mundial.

Entre sus construcciones más espléndidas sobresale la Catedral de La Habana, el más fiel exponente del barroco en Cuba, su fachada cincelada en piedra trasmite a quien la contempla un movimiento constante. Describirla no es suficiente, nació para ser admirada con detenimiento. Según el escritor cubano Alejo Carpentier, esta extraordinaria edificación es música esculpida en piedra. Además de sus actividades litúrgicas y sus valores arquitectónicos, la iglesia posee un interior espléndido y sus notorias obras de arte aumentan su valía, entre ellos se encuentran óleos del artista francés Jean-Baptiste Vermay, frescos del italiano Giuseppe Perovani y lienzos de la Virgen de Loreto, bendecida por el obispo Morell de Santa Cruz en 1755, y de la Virgen de la Purísima Concepción, Patrona de La Catedral.

Su adoquinada explanada, que fuera escenario de fiestas, ferias y mercados comunitarios en los añejos siglos XVI y XVII, fue codiciada por hacendados y comerciantes con títulos nobiliarios, quienes levantaron en sus alrededores, fastuosos palacetes de doble planta, con prominentes portales, amplios salones y patio interior. Así, muchas familias de abolengo, entre ellos los Marqueses de Aguas Claras, los de Arcos, los de Lombillo, aportaron a la plaza la apariencia arquitectónica tan maravillosa que hoy se disfruta.

La construcción de lujosas mansiones dotó a la plaza de vida propia, cada casona con historias sorprendentes. La primera de las viviendas fue la casa del conde Bayona, justo al frente de la catedral, su propietario fue uno de los gobernadores militares de Cuba, Don Luis Chacón que casó a su hija con el primer conde de Casa Bayona, de ahí el nombre del palacete, donde radica hoy el Museo de Arte Colonial.

Otra de las más vetustas casonas de la plaza es la del Marqués de Arcos, que atesora entre sus valores, la más acabada pieza de herrería de toda La Habana colonial y que sirve de adorno a su imponente balcón. La casa del Conde Lombillo, a continuación de esta, sobresale por su sobriedad y en su amplio pórtico, destaca, recostado a una de sus imponentes columnas, la estatua de Antonio Guedes, el reconocido español, bailarín de flamenco, entrañable amigo de Cuba.

Y para finalizar este recorrido por la más barroca de las plazas habaneras, se impone una invitación; un alto en el transitar por la bella plazoleta capitalina: el restaurante El Patio, una verdadera joya constructiva donde sobresalen su monumental portal y sus coloridos vitrales que le dan al interior una suerte de cálido recinto tropical. Allí, el tradicional arte culinario cubano satisface el gusto de sus comensales que se sienten, además, acogidos cual nobles señores, en lo que fuera durante el siglo XVIII la Casa de los Marqueses de Aguas Claras.

Venga pues, el visitante ávido de historias y secretos a desandar una plaza colonial y barroca, tantas veces recreada por cronistas, poetas, grabadores. Un espacio con magia, una sinfonía de la belleza urbanística, en el mismo corazón de la Habana Vieja.

Texto y Fotos: Bienvenidos